27.11.09

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UN DIA NO DESPERTE

Un día no desperté. El mar oscuro de los sueños inundó mi mente y ahogó mi consciencia. Como alacranes negros escapando del agua, saliendo de entre las piedras, el inconsciente salió a la superficie en forma de sueños espesos. Los sueños están hechos de un material fácil de describir pero difícil de imaginar. Es un material borroso e intangible, rápido y frío y huele a neblina. Es parecido al fuego porque ilumina, inspira y se escapa, pero no quema, crea. Es parecido al agua porque refleja, moja y se evapora, pero no se congela, desaparece. Los sueños crean y desaparecen, como explosiones en el universo, como las estrellas, como todos nosotros.

El día que no desperté soñé con una despedida. Estaba sentado en una piedra gigante y gris, como la espalda de un elefante viejo, a la orilla de un lago al que llamaban mar Blanco porque no tenia fin ni color. El agua era transparente pero reflejaba las nubes blancas y bajas.s abajo, a la distancia, podía ver mi reflejo distorsionado por las olas que llegaban desde el horizonte. Seguí las olas con la mirada y a los lejos vi una canoa de madera oscura. Había cinco personas en ella; dos adultos y tres niños. Las figuras adultas eran largas, negras y delgadas. Uno de los niños estaba sentado. Tenía la piel negra, tan oscura como el fondo del mar y de sus ojos. Me miraba, sonreía y miraba hacia arriba. La figura más alta me hacía señales con su mano larga continuando su viaje al norte. El niño me miró a los ojos hasta que la neblina y la distancia los escondió.

La canoa era lo único que se movía en ese lugar, pero las olas que creaba animaban el resto del paisaje. Cuando la canoa desapareció en el horizonte las olas dejaron de llegar y el paisaje se volvió a congelar.

Veía mi reflejo una vez más y me daba cuenta de que era yo pero mucho más joven. Era yo cuando tenía el copete más alto y sólido de la escuela. Cuando iba a clases de catecismo porque la iglesia tenia el mejor equipo de futbol y cuando aprendí a hacer pasteles de chocolate con mis amigos en el único horno del pueblo, el de mi madre.

Podía oler la neblina, la lluvia que venía en camino y las piedras mojadas a la orilla del lago. Por unos segundos nada se movió excepto la piedra en la que estaba sentado. El elefante había despertado con el sonido de los relámpagos lejanos. Sus músculos eran gigantes, más fuertes que cualquier otra piedra. Era un elefante viejo y arrugado, con ojos negros, grandes y brillantes, de obsidiana. Salió de entre la tierra, el pasto y las piedras y empezó a caminar hacia el agua rompiendo mi reflejo en mil pedazos. Se sumergió en el mar Blanco conmigo en su espalda. Mientras entraba al agua veía los miles de pedazos de mi reflejo esparcirse entre las diminutas olas que se alejaban de nosotros. El agua era fría, oscura y transparente como el vidrio de Bohemia.

El elefante comenzó a nadar bajo el agua dirigiéndose hacia el sur. Miré hacia arriba para ver como mi reflejo desaparecía y pude ver como en la superficie empezaba a llover. El elefante nadaba rápida y ágilmente, como el viento que viaja entre las gotas de la lluvia. Entre más nos sumergíamos en el agua, menos luz alcanzaban nuestras pupilas. El fondo del mar era tan frío y oscuro como un universo sin estrellas. Era tan frío que cuando respiraba sentía como el agua fría llenaba mis pulmones. Entre mas agua entraba en mis pulmones mas pesado me sentía y profundo me sumergía. Al inicio me hundía con el peso del miedo, pero después de unos minutos, cuando me di cuenta de que el elefante viejo sabía a donde iba, me relajé y disfrute la oscuridad absoluta.

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